El laberinto de amor y muerte de la Sonata de Otoño está en Galicia. Allí, en su tierra, situó Valle Inclán esta historia de reencuentros y despedidas. Como las otras tres, la Sonata de Otoño fue corregida continuamente por el escritor, rehecha durante toda su vida. La última versión de las sonatas es editada en 1933, inmediata al periodo en que Valle Inclán trabaja en Aranjuez como conservador del patrimonio y director del museo. 

Estamos en 1931, aunque los jardines de Aranjuez ya eran viejos conocidos de Valle, a veces a través de una percepción tan similar a la de Rusiñol, cuya obra fue comentada y admirada por el escritor en diversas y anteriores ocasiones. Valle se instala en Aranjuez casualmente a los dos meses de morir el pintor. Son unos y otros jardines decadentes percibidos de un modo similar, donde el espacio y el tiempo no interesan, si acaso la condición de las estaciones. 

El escenario de la Sonata de Otoño no me resulta ajeno: sin necesidad de viajar avanza la historia de Bradomín que, a decir verdad, es lo de menos. Los elementos que pueblan la Sonata, símbolos, y por ello más protagonistas que sus personajes, propician esta dulce confusión. Un paseo de otoño que no evita los rincones más prosaicos, me arrastra por las atemporales palabras de Valle.