más suicidas

Artaud ingirió una sobredosis de láudano en 1948. Cesare Pavese se envenenó en el Hotel Roma de Turín, nada menos que con 16 sobres de somníferos, en agosto de 1950. Hemingway se disparó un tiro en la boca en julio de 1961. Stefan Zweig se mató en Brasil junto a su secretaria Carlota Altman, con la que se había casado, huyendo de la persecución nazi. Alejandra Pizarnik se suicidó con barbitúricos el 25 de septiembre de 1972. Paul Celan se arrojó al Sena el 30 de abril de 1970. Vladimir Maiakovski se disparó con un revólver el 14 de abril de 1930.En 1911, agobiado por la pobreza y los problemas familiares, Emilio Salgari se abrió en vientre con un cuchillo de cocina, algo así como un harakiri gastronómico.
También de aire gastronómico fue el suicidio de Sylvia Plath: tras dejar las tostadas y la leche caliente preparada para sus hijos, selló las rendijas de la puerta de la cocina con trapos, abrió el gas, y metió la cabeza en el horno.
Ya que son escritores y se les da bien lo de componer frases, es natural que los escritores suicidas acostumbren a dejar largas cartas de despedida (no en el caso de Plath, que sólo dejó una escueta nota en la que pedía que se avisara al doctor)
Arthur Koestler, quien se suicidó en 1983 junto a su mujer, Cyntia, tras serle diagnosticada una leucemia, dejó un sincero y emotivo mensaje de despedida para sus amigos que terminaba: “Con la tímida esperanza de otra vida después de la muerte despersonalizada, fuera de los límites del espacio, del tiempo y la materia, fuera de los límites de nuestra comprensión.