También de aire gastronómico fue el suicidio de Sylvia Plath: tras dejar las tostadas y la leche caliente preparada para sus hijos, selló las rendijas de la puerta de la cocina con trapos, abrió el gas, y metió la cabeza en el horno.
Ya que son escritores y se les da bien lo de componer frases, es natural que los escritores suicidas acostumbren a dejar largas cartas de despedida (no en el caso de Plath, que sólo dejó una escueta nota en la que pedía que se avisara al doctor)
Arthur Koestler, quien se suicidó en 1983 junto a su mujer, Cyntia, tras serle diagnosticada una leucemia, dejó un sincero y emotivo mensaje de despedida para sus amigos que terminaba: “Con la tímida esperanza de otra vida después de la muerte despersonalizada, fuera de los límites del espacio, del tiempo y la materia, fuera de los límites de nuestra comprensión.